lunes, 15 de marzo de 2010

Guerra Civil. Victor Hugo

La multitud embravecida y fiera
gritando cual indómita pantera
y enronquecida aullaba: ¡Muera!¡Muera!
¡Muera el traidor! ¡Perezca el miserable!

Tranquilo, grave, inconmovible y fuerte,
despreciando el peligro de la muerte,
con alma recia, cual templado acero,
ante la turba dueña de su suerte,
de brazos se cruzaba el prisionero.

No imploraba perdón de sus tiranos.
En el traje, en la frente y en las manos,
ostentaba señales de pelea,
y miraba impasible a sus hermanos
que perecen en aras de la idea.

Es cierto que mató, luchó valiente,
combatió con denuedo frente a frente,
y le tocó perder en la partida,
que el que sabe luchar noble y valiente
sabe hacer poco aprecio de la vida.

-¡De rodillas!- le grita amenazante
una mujer atroz y repugnante.

-¡Morirá como mueren los traidores!-
el jefe de la escolta fiero exclama.
Y dando rienda suelta a sus rencores,
¡Muera! ¡Muera el traidor!- el pueblo brama.

-¡Fusiladle al instante!- clamorean
los impacientes -¡Colocadle hierros!
¡Es un lobo! ¡Es un lobo!- otros vocean.
Y alzando las pupilas que flamean
contestó el acusado: ¡Ladrad, perros!

Piedras, golpes, denuestos, culatazos,
blasfemias y cobardes salivazos,
aumentaron del preso la tortura;
y atado fuertemente de los brazos
siguió su horrible calle de amargura.
Nunca la muchedumbre desatada
se mostró más hostil y despiadada.
Nunca los odios que en los pechos laten,
tuvieron expresión tan irritada.
La voz del pueblo cual fulmínea espada
vibraba ferozmente: ¡Que lo maten!

Resbalando en la sangre y en el lodo,
con los brazos sujetos por el codo,
caminaba tranquilo el delincuente,
cuando, abriéndose paso entre la gente
sin miedo a bayonetas ni a fusiles,
un angelito rubio, un inocente
que apenas contaba seis abriles,
exclamó con acento dolorido:
-¡Vente a casa, papá; no hemos comido,
y la sopa en la mesa espera...!-

Calló el niño. Fue un tremendo alarido
del pueblo que gritaba: ¡Muera! ¡Muera!
¡Muera pronto el traidor! ¡Muera el bandido!

A lo lejos roncaban los cañones
con el rítmico trotar, los escuadrones
ocupaban las calles y las plazas;
y el niño contestó con un sollozo;
sin comprender insultos ni amenazas,
sin penetrar del pueblo la demencia,
suspiraba con eco dolorido:
-¡Ven a casa, papá, no hemos comido!-

-Es guapo el chiquitín- exclamó un mozo
-¿Qué edad tienes?- dijo una comadre:
y el niño contestó con un sollozo:
-¡Vente, vente conmigo, vente padre!-
-¡Largo, largo de aquí!- clamó un soldado.
-¡Marcha junto a tu madre que está ansiosa
por abrazarte!- Grave y mesurado,
advirtió lentamente el condenado:
-La madre de este niño está en la fosa.-
Luego irguiendo la frente,
murmuró estoicamente:
-Hijito, ve a buscar a la vecina;
es muy buena, y te quiere Catalina.
Ella te cuidará.- Pues ven conmigo.
Replicó el pequeñuelo.
-Yo iré después,- disimulando el duelo
repuso el pobre padre -pues mi amigo,
que es este buen sargento veterano
quiere que yo visite sus cuarteles.

Desatadme un instante los cordeles
para que el vhiquitín libre me vea
y tranquilo se aleje- el prisionero
suplicó. Y el sargento dijo: -Sea-.

-Ya lo ves, chiquitín, estos señores
me llevan a que hablemos de un asunto-;
y después, con semblante de difunto
añadió: -Dame un beso y hasta luego...-

-Gracias porque entendiste a mi ruego-
habló el padre al sargento -¡Dadme muerte
cuando el chiquillo pase de la esquina,
mientras va a buscar a la vecina!
¡Matadme! ¡Me resigno con mi suerte!-

Calló la multitud rugiente y fiera,
y por fin, con bramido de pantera
que adora a sus cachorros, ronca dijo
con un sollozo que asordó a la esfera:
-¡Vete! ¡Vete a casa con tu hijo!-

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